La pintura del maestro

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La pintura del maestro

Mensaje por Lepakko el Vie Ene 04, 2013 1:39 am

El grifo dorado, igual que los rayos resplandecientes del sol, hacía sonar el agua como un río cayendo en cascada sobre la blanca bañera. El vapor subía ligeramente por la habitación expandiéndose libremente, alzándose hacia el techo, mientras el espejo se volvía opaco y las figuras que contenía aquel retrato vívido parecían fantasmas en las brumas de un sórdido pantano.

La estrecha y delicada espalda del muchacho parecía ocultar unas alas invisibles, la curva de sus nalgas eran proporcionadas y parecían invitar a ser apretadas entre las manos de cualquiera. Los mechones de su cabello castaño rojizo caían sutilmente sobre sus hombros hasta la cruz de su espalda. Los omóplatos estaban pintados al detalle con su pequeña protuberancia oscureciendo levemente su piel lechosa. La expresión del rostro de aquella especie del querubín era como de hechizo. Sí, parecía atrapado en un encanto. A duras penas se reflejaba en el espejo pero sus ojos avellana miraban al hombre que ocupaba con él la estancia. Estaba desnudo, como su madre lo había traído a este mundo, y parecía desear que lo cubrieran las manos que se posaban en sus cabellos, enredando sus largos dedos, y en una de sus caderas.

Túnica roja, como la sangre, caía cubriendo un cuerpo que parecía hecho de mármol. Su expresión era complaciente pero fría, parecía guardar un carácter duro aunque de una mente cuidadosa que deseaba el bien para el muchacho. Sus ojos expresaban deseo, una gula que iba más allá de la propia carne. Sus uñas parecían no ser de este mundo, aunque tan sólo se podía ver la del pulgar de una de sus manos, la situada en la cadera, y un par entre los cabellos enredados.

Casi podía uno imaginar la candente y especial escena. Incluso, podría decirse, que el rostro de placer de ambos hombres y los gemidos del insaciable muchacho. Sus tetillas duras y sonrojadas igual que sus mejillas, sus muslos abiertos buscando retener al mayor, y este mirándolo con una sonrisa petrificada mientras hundía dos de esos dedos en su boca, rozando su lengua y hundiéndola.

No, no podía apartar los ojos del cuadro. Estaba hechizado ante tal hecho, y no era por lo llamativa de la escena sino porque yo conocía a ambos. Sabía quien eran. Conocía bien los ojos glaciares del Maestro Marius Romanus y la voz de su pupilo Armand, su Amdeo.

-Marius, ¿este cuadro no es un tanto indecente para la entrada de tu mansión?-pregunté con sorna y una enorme sonrisa en los labios.

-Lestat, es mi casa y cuelgo mis obras donde me plazca.-reí ante tal comentario tan propio de él.-Y ahora bien ¿a qué has venido?-interrogó intentando averiguar que argucias iba a usar, a qué iba a exponer a todos esta vez.

-Nada, ¿no puede venir un alumno a saludar a su maestro?-interrogué alzando mis cejas con una enorme sonrisa mientras me acercaba.

-Que remedio, si tengo que tenerte de huésped pasa y ponte cómodo.-bajó un par de escalones de su hermosa escalera. ¡Era divina! El pasamanos estaba tallado con cuidado y se enroscaba hasta la planta superior. Tenía una alfombra roja del tono de su camisa y los escalones eran de madera, una madera fuerte. Se veía como un Dios en aquel lugar y me llegaron recuerdos imprevistos para mi, nuestra primera conversación. ¡Diablos! ¿Cuánto hacía ya de aquello?-¿Vas a moverte o te quedarás ahí plantado con nieve derritiéndose en tu alborotada cabeza?

Esa noche compartimos chimenea, recuerdos y opiniones. Creo que hacía siglos que no nos parábamos a conversar de forma tranquila. Podría decirse que fue una noche plácida en la vida de ambos, sobre todo en la mía que siempre está llena de altercados y momentos intrépidos.


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